Ocurre que es tan profunda y penetrante tu mirada, que hasta me inquieta y estremece por momentos. Incluso me espanta esa frialdad que le acompaña y que le hace mucho más temerosa si cabe.

Pero, quién sabe qué caminos tuviste que recorrer un día, mujer; qué dolor sacudió tu cuerpo; cómo te trató la vida en el terreno del amor…, que hizo que tu mirada se volviese torva y triste. Pero a la vez, penetrante y escrutadora, como si quisieras llegar hasta las mismas entrañas de tu oponente y tratar de escrutar cómo es en realidad, si su comportamiento posterior será correcto y puedes buscar su amistad sin miedo; o si te haría sufrir y debes huir de él.

Porque después de tanto dolor y tanto sufrimiento como la vida te acostumbró a padecer, a nadie puede extrañar que ahora, pasados todos aquellos capítulos, pongas en marcha todas y cada una de las armas y las artes que el tiempo vivido te enseñó a utilizar –incluida esa mirada profunda y penetrante a la par que inquietante-, cuando de entregar tu corazón se trata.

Pero no temas, mujer, que lo malo ya pasó a mejor vida, y los nubarrones tan negros que amanecían cada día sobre tu cabeza, se fueron por fin, dejando una puerta abierta a la esperanza.

Y es que, tu reciente elección de amistad, viene cargada de bondad y buenos modales.   Y eso bien lo sabes tú, que con tu mirada escrutadora y penetrante has incluso horadado hasta su corazón y has comprobado la bondad que le rodea. Así que no tengas miedo en esta ocasión, mujer, en entregarle un pedacito de tu corazón…

© J. Javier Terán