Hace mucho tiempo, cuando tendría unos cinco o seis años, pasé un verano obsesionada por una pequeña lámpara de metal que estaba en la mesa de luz de mi abuelo. Era la típica lámpara del genio, alargada y de color dorado con una manijita y una tapa en el centro. Me parecía tan extraña y fuera de lugar en esa casa de campo con tan pocos adornos.
A pesar de ser un objeto sumamente inofensivo yo le tenía miedo. En esos tiempo me la pasaba jugando a inventar historias, construir castillos y explorar lugares ocultos. Mi imaginación volaba libre y cada detalle se convertía en motivo de un relato fantástico. Pero las historias que inventaba sobre esa lámpara nunca eran felices. Tenia el presentimiento de que si la abría liberaría algo tenebroso.
Nadie me había prohibido tocarla pero aún así yo sólo la miraba de lejos. Tenia horror y fascinación al mismo tiempo. ¿Qué grandes misterios ocultaría en su pequeño interior?
Un día me levanté con determinación, decidida a descifrar el misterio. A la hora de la siesta , cuando todos dormían y yo era la única levantada, entré silenciosamente a la pieza de mi abuelo y me llevé la lámpara al patio.
Bajo un sol caliente y pesado agarré la pequeña tapita y la levanté, esperando que fuera un momento trascendental en mi vida, pero nada pasó. La lámpara estaba vacía.

© Camila Villarroel