Que seria para mi, querida amiga, no estar presente en mi valle rojo. Como poder explicarte mis sentimientos al recordar, el amanecer entre aquellas montañas donde el cielo azul se unía al verdor del paisaje. El gorjeo de los pájaros, su trinar en mi alféizar era música celestial, corretear en sus prados llenos de aromas, colores a mil, flores que se ofrecían a las abejas para su polinización. Su atardecer a la sombra de la acacia centenaria, entre mis manos un café bebido a sorbos cortos pareciese querer alargarlo, para ver juntos ese anochecer, con sus tonos rojizos, anaranjados, era una experiencia de querer unirme a ese baile entre el sol y la luna, a veces me parecía tocar las estrellas con mis dedos, eran suaves, tintineos de campanillas con sus luciérnagas alumbrándolos en su despedida.

Como decirte amiga mía, que allí era libertad, era paz, pasión de amar a mi valle rojo, allí mi cuerpo se confabulaba con las aguas del río, para confesar a la luna que vivía enamorada de ella, de su calor en las noches de verano, donde mis pensamientos siempre estarían con ella.

Ahora amiga mía, entenderás porque me siento aquí, prisionera del aire enrarecido por la polución, aquí soy pasajera del horario, tan solo hay colores grises, aves de plomo y cartón, aguas estancadas llenas de suciedad de ciudad, aquí no ve ni siquiera ese cielo azul.

Volveré a mi valle rojo, con mi libertad, con mis recuerdos para volver a ser feliz, a vivir enamorada de sus aromas, su anochecer con sus tonos rojizos, volver a decirle a mi enamorada que la quiero más que nunca, amiga mía me acompañas para experimentar mi sensación por y para mi valle.

© Manoli Martin Ruiz