Cuando todo se reduce a cenizas, la vida se parte en diez mil pedazos, y todo no sirve para nada… las miras de un vivir diario, consumen sus horas, en las pizcas de los que al acecho andan, tras una recompensa qué aun no les toca recoger.

La insensibilidad es tan descomunal, que la vida… no tiene un sentido práctico ni aparente.

Su empeño es tal, que todo lo que tocan… lo matan con su existir traicionero.

Una vida sin tener ilusiones, es una vida llena de grandes vacíos y su alma de pierde en un mar de lágrimas.

Todo se reduce a la incomprensión… que el ambiente comparte cada vez que se mira a los lados. No viendo nada de nada. Tan solo se ven quehaceres muertos, desprovistos de buena fe. Sencillas las razones, no. Simplemente, sírvense de alimento para nuevos cuchicheos y seguir una existencia efímera. La qué las habladurías dan para cotillear toda una semana, sin saber definir noticias de buen fondo.

Tan sólo… las cenizas de un ayer, que algún día pudo ser algo cierto.

Sí ya la ida es insignificante en todo los trayectos de su recorrido, fíjate lo que queda en sí, para aprovechar un camino que está a punto de finalizar, según se perfila por las vueltas que ha dado el contorno inexacto de un vivir, qué movimientos no ha podido tener, ni tan siquiera, la descendencia, le salió bien. Más, las apariencias esconden siempre un fondo que no se muestra al cien por cien, ya que se queda postergado en los reflejos de un baúl, cuando se abre su estela y al final, no dice nada, se queda mudo, como tantas otras cosas que en su retorno va viendo deslizarse por los senderos de una pendiente, que desde la colina se ve cómo baja el agua resbaladiza de las nieves, al terminar el invierno y la primavera salta en sus descansillos incesantes, dejando estelas de días boscosos, con la dureza de las terciarias.

Buscando una nueva vida por no vivir la desidia de toda una existencia efímera, cuando las gentes que alrededor han parado… no han sabido nunca lo que es, la verdadera vida. Tienen las mentes más huecas que don Torcuato, qué ya el pobre, vacía la tenía.

Sólo saben que mirarse su propio ombligo, porque a más… no pueden llegar.

Sus esencias rancias son, parcas y despiadadas, no tienen ni una sola pinta de ser verdaderas, por tal cantidad de mentiras vertidas a largo y ancho de su propia vida, donde las verdades… descalzas, siempre caminan a las escondidas de un juego que ni siquiera saben aprovechar su estructura práctica…

© Mia Pemán