Temblaba en la oscuridad de miedo,
era velo de un vestido
enmordazada de la ansia.
Gotas de sudor
resbalaban
como lava candente
de deseo sobre mi piel,
ofuscada del manto
de una niebla airada.
Aferrada
a la madera de aquel portón,
mis pupilas atravesaban
muros agrietados
para adentrarse
en el antro del pecado
y esconderse
a la venganza de la vecindad.
Alfileres como ajugas inflamadoras
eran mis tacones,
incandescentes,
agujereaban veloces,
los peldaños agrietados
de una escalera de caracol,
mitad de un camastro,
grito de pasión.
¡No quieres gritaba la razón!
¡Quiero, palpitaba el corazón!
chirriaba, la manilla
de aquella puerta,
las dudas atenazaban
mis dedos al abrirla.
Y te vi.
La sombra tuya desnuda,
reflejaba en el muro.
El foco de luz
de una lámpara embarazada,
pincelaba
los tumultos
de tu húmeda carne
hilvanada en excitantes espasmos,
alabados del rumor del silencio.
Fueron mis prendas
a caer sobre el pavimento
y anidarse entre los azulejos,
sembrados de pétalos.
Nuestras miradas
eran fulgurantes
chispas ardientes,
nuestros cuerpos entrelazados
era serpientes
enroscadas a los tumultos
de redes crujientes
sobre aquel lecho
sin tiempo.
Perfumaba de llanto
aquel secreto
pegado al placer.
Olía de infinito
aquel beso bañado
de una melancólica risa
al saludo de adiós.
Resbalaba lejos en la lluvia,
bullente de tu piel,
muerta de vergüenza,
y todavía de ti,
con tanta gana.

© Gloria Lucia Castrillon