Allí estaba aquel hombre, en el mismo lugar donde se atrincheró para hacer la guerra a las calamidades, donde se quedó atrapado pudriéndose poco a poco, sordo a los lamentos de su madre que le llegaban desde alguna parte en el inframundo, de manera impersonal, de manera incorpórea como el eco de un recuerdo, o de un reproche personal, como el látigo de una vergüenza que nunca terminó de aceptar.
“¡Qué pena, hijo mío, verte morir día a día sin haber logrado nada! Llevas tanto tiempo condenado a tus afanes que ya no recuerdas qué se siente estar vivo”.
Y la voz flotaba por todas partes, como un ave siniestra que cada tanto se iba y volvía, con la periodicidad de una lucha interna. Y cuando la voz volvía el hombre escuchaba el crepitar de una lluvia de llanto nocturno cayendo sobre su alma. El invierno era a veces tan denso y tan frío que no se atrevía a levantar la cabeza.
“¡Lo que diera por verte hacer algo para comprobar que sigues vivo, que no te moriste allí sentado sin darte cuenta!”.
Pero el hombre estaba sumido en su rutina. Seguía sumido cuando aquella voz dejó de llegar y sus ecos se fueron disolviendo de a poco en el fuego lento del olvido y la costumbre.
Ya para entonces estaba la mujer. Había llegado allí como la niña del cuento que se alejó del pueblo persiguiendo una mariposa, sólo que ella perseguía la felicidad, y por un tiempo fue feliz, más por la esperanza que por la realidad.
Y la mujer se asomaba todos los días al universo distante del hombre y lo miraba allí confinado en el vicio del castigo edénico.
“Ven conmigo, le decía”. Era joven, bonita y dulce. “¿Te acuerdas de mí? Yo soy tu mujer”. Y sonreía al decirlo, al principio con orgullo y al final con resentimiento sosegado. Pero el hombre no la miraba. Seguía atrapado en el trabajo. Y mientras el hombre trabajaba la mujer se sentaba a su lado y esperaba. Pasaban dos horas, dos días, dos años, diez años, y mientras el hombre trabajaba y la mujer esperaba toda una vida los niños llegaron, durmieron en cunas de cedro y comieron pastelillos franceses, jamones importados, y crecieron en la opulencia alejados del pánico del hambre y el desprecio del que huía su padre, y cuando se fueron abordaron automóviles de lujo y aviones privados.
“Ya es tarde”, dijo la mujer mirando por la ventana la noche densa que empezaba a vaciarle los ojos que eran bellos todavía, y cuando se volteó hacia el hombre para decirle que ya no miraba, éste había caído de bruces sobre el escritorio y dormía soñando que había terminado, que ya podía volver a casa a descansar un rato para reunirse con los amigos, ir a visitar a su madre, y el domingo siguiente ir a comer con su mujer a ese restaurante (así lo dijo en su mente “ese restaurante”), la pobre se lo merecía.
Mientras el hombre el soñaba la mujer estaba sola sentada en una silla lamentando que la noche la estuviera engullendo de manera irreversible en la absoluta soledad, y pronto ella también habría de dormir, y en su último intento por sobrevivir le habló a su marido una y otra vez hasta quedarse sin voz y desde el abismo negro del sueño el hombre la escuchaba, y quería responder, anhelaba despertar para irse con ella a disfrutar el domingo, pero el sueño lo había dominado y ya no pudo regresar.

© Bayardo de Campoluna