Había una vez una araña que se llamaba Iris, que vivía en el campo. Un día puso huevos y tardaron veintiún días en nacer. De las cien arañitas que tuvo sesenta sobrevivieron y cuarenta murieron. En especial sobrevivió una araña que era la mas pequeña porque nació la ultima que se llamaba Rayito, era muy travieso y le gustaba asustar a los despistados, siempre se escondía en los lugares menos esperados y observaba detrás de las cortinas de una sala, cuando alguien se dormía en el sofá viendo la tele, se le antojaba darse un paseo por su cara, el pobre infeliz entre sueños, la cara se frotaba hasta que sintió la picada, y de repente la nariz se le hinchaba, mientras Rayito se reía con muchas ganas.
Iris no sabia como controlar sus travesuras, a pesar de reñirlo y castigarlo, tenia muchas tareas vigilando a todas sus arañitas para que nadie las aplastara con un zapato o que cualquier animal atrevido quisiera llenarse el estomago con sus pequeñines.
Un día Rayito decidió salir de la casa si avisar a su mama, se puso a caminar y llego hasta la casa de un gato, le volvió a entrar la curiosidad y se metió dentro ¡haber que encontraba!
Empezó a curiosear la comida, el agua y hasta los juguetes del gato, sin darse cuenta que le miraban los ojos del felino mientras se relamía. El gato se lanzó sigilosamente con las zarpas abiertas para atraparlo. Rayito muy asustado empezó a llamar a su mama muy desesperado pensando que ahí se acabarían todas sus aventuras…
Iris llevaba mucho tiempo buscándole. Hasta que pensó ¡seguro que su curiosidad le ha llevado a la casa del gato!, corría temiéndose lo peor. Entro muy sigilosamente a salvar al pequeño Rayito que estaba en una esquina, y parecía herido, mientras el gato seguía acosándolo. Iris al ver a su pequeño en peligro picoteo al gato hasta que salió corriendo maullando de dolor. Recogió a su hijo del suelo, mientras de camino a casa lo reprendía y besaba.
Viendo a Rayito bien, muy en el fondo y en secreto se reía, por unos instantes recordó que Rayito era como ella travieso y aventurero.

© María Luisa Blanco