UNA SEMANA ANTES

Era una mañana gélida del mes de enero y Natalia, aunque todos la llamaban Nat, ya estaba en la oficina. La ciudad, se desperezaba con las primeras luces del día. Un aroma a café que provenía de la sala de descanso la sacó momentáneamente de su ensimismamiento, necesitaba una dosis de cafeína para poder afrontar el complicado día que le esperaba. El trabajo la mantendría ocupada, evitando que pensara en su situación personal que no estaba pasando precisamente por un buen momento. Sus jefes el día anterior la habían felicitado por el resultado de un trabajo encomendado ello, supuso una dosis de confianza y autoestima. Era un empleo con fecha de caducidad, pero después de estar todo un año sin trabajar Nat, había vuelto a recuperar la ilusión, aunque poco le duraría. La semana transcurrió con mucho trabajo y sin apenas descanso pero al llegar el jueves Nat, empezó a sentirse mal y por la tarde empeoró aun así aguantó hasta el final de la jornada, al llegar a casa sintió un intenso frío, y un fuerte dolor en la base del cráneo, luego se desplomo…
Lo inhóspito y extraño de aquel lugar envolvía el ambiente, era lo más parecido a la antesala de la muerte. Había seis cubículos de cristal que albergaban en su interior almas a punto de ser desahuciadas. Las máquinas constituyan la parte esencial del recinto, el silencio roto, solo por el zumbido de estos artefactos a los que Nat estaba conectada. De pronto, sintió una sensación de movimiento, como si nada ocupará un lugar concreto sino que los objetos y el personal se movieran al mismo tiempo, le invadía una sensación de desconcierto a la vez que le aturdía, sólo ella estaba quieta, observó a los otros pero parecían ajenos a todo lo que estaba ocurriendo, era como si nadie la viera. Había perdido por completo la audición. Empezó a notar un intenso frío como si saliera desde dentro de su cuerpo hacía afuera. Quería irse, salir de allí, pero una descarga de dolor en la parte lateral del cerebro acentuó más su mal estar. El cansancio y la debilidad la vencieron. Durante el tiempo que permaneció dormida aquel espacio sufrió una gran y extraña metamorfosis, transformándose en un ambiente oscuro y terrorífico.
El cambio de turno distaba mucho del anterior, las personas que allí se movían eran como autómatas, habían cambiado su indumentaria. Ernesto Conesa nombre que llevaba escrito en la solapa del bolsillo, vestía una bata verde, y a Nat le recordó el personaje de la película Re-animator, se dirigió hacía una de las máquinas a las que estaba conectada, sin mediar palabra, manipuló el equipo electrónico y con una pequeña linterna observo atentamente las pupilas de Nat. Los sensores distribuidos por todo su cuerpo y el frío que en aquellos momentos le invadía no la dejaban pensar con claridad, se movía inquieta entre las sábanas. El habitáculo le permitía una visión parcial del resto de las habitaciones. En el cuarto de la derecha a escasos metros del suyo acababan de instalar a una mujer acompañada de su anciano padre quien se sentó junto a su hija, permaneció inmóvil allí durante horas y justo en aquel momento Nat, tuvo una visión. Vio al anciano en el interior de un ataúd con muchos años menos, el ataúd descansaba sobre una rampa de madera ligeramente inclinada y cubierta de césped. Nat, cerró los ojos para que aquella extraña imagen desapareciera pero, cuando volvió a abrirlos continuaba allí. Se acumulaban las preguntas en su cabeza, la inseguridad y el miedo se habían alojado con ella en aquel sitio, no entendía lo que estaba ocurriendo. Alguien entró en la habitación y la rescató de aquellos pensamientos era una mujer frágil rubia de unos cuarenta y tantos se acercó y le dijo algo al oído, pero Nat no podía oírla, entonces, saco un bloc y escribió algo que le entrego para que lo leyera.
– ¿Cómo se encuentra hoy?
– Me llamo Ruth Onieva y estoy aquí para ayudarla.
Nat le respondió.
– Entonces ayúdeme a salir de aquí, tengo mucho frío.
Ruth escribió:
-Eso no es posible, pero intentaré traerle una manta.
Nat, paso a una segunda fase de dolor, esta vez más agudo notó como si una gran tenaza le oprimiera el cerebro. Hay situaciones que no tienen solución no sirven los deseos ni la voluntad. Nat estaba totalmente segura de que aquellas personas la retenían allí para llevar a cabo a saber que…
El sedante estaba ya haciendo su efecto, Nat, se encontraba ligeramente aturdida. Había transcurrido la noche tranquila y consiguió descansar un poco. Pronto sería la hora de visita, treinta minutos escasos en los que ella se esforzaba en explicar una y otra vez a su marido y a su madre lo que allí ocurría pero, ninguno de los dos la creía, así que decidió no volver a tocar el tema, ya investigaría por su cuenta. Su estado anímico parecía una gran montaña rusa pasando de la ansiedad al miedo, pero de esta forma se dio cuenta que lo único que hacía era malgastar las pocas energías que le quedaban, mejor dosificarlas para cuando fueran realmente necesarias. Nat, nunca hubiera pensado que estaría ante aquel submundo cambiante, pero esta metamorfosis sólo se producía a partir de las doce de la noche cuando se transformaba en un lugar inquietante y tenebroso y a las ocho de la mañana era como si nunca hubiera cambiado el escenario, no quedaba ni rastro de aquel inframundo.
Elisendo Fuentes tenía el turno de tarde era una especie de centinela encargado vigilar todos y cada uno de los movimientos de los que allí moraban, nada se escapaba a su retina. Nat espero a que se le acercará, quería saber lo que estaban haciendo con ella, mientras observaba a Fuentes pensó que tal vez, las conversaciones pudieran estar grabadas aun así se aventuró a preguntarle:
– Contésteme por favor, sí o no.
– ¿ Soy objeto de algún experimento?.
– Eres demasiado importante para eso. Le respondió él.
Nat, notó cierta densidad en sus pensamientos a la vez que se ralentizaban, le dolía hasta pensar. Era consciente de que no podía confiar en nadie. Se encontraba débil sin aliento, las fuerzas le flaqueaban. Estaba inmovilizada, atada a algo parecido a una cama, el frío había desaparecido para dar paso a un sudor que impregnaba todo su cuerpo. De pronto apareció Ruth Onieva, le susurro unas palabras al oído, pero Nat, no podía oír nada. Ruth de nuevo saco la libreta del bolsillo y escribió.
– No te preocupes, te ayudaré a salir de aquí.
Leyó la nota, sintió alivio y pensó que no estaba tan sola como ella creía. Miró a Ruth y asintió, ella le devolvió una sonrisa.
De pronto, escuchó un crujido seco, parecía provenir del interior de la pared, era como si algo se abriera paso por un imposible sendero ya olvidado desde las profundidades de espacios inciertos, lentamente se iba acercando, mostrando a través de un enorme boquete sus peludas patas negras era, una monstruosa araña, hecha de goma espuma y cabeza humana. Pasó rozando a Nat, el corazón parecía que le iba a salir del pecho, pero la descomunal criatura se dirigió hacía el mostrador del recinto dio un gran salto y empezó a deslizarse sobre la superficie. Apareció de la nada un gigantesco ángel negro desenfundado una espada de grandes dimensiones de un material imposible de describir y con un limpio y certero movimiento decapitó a la araña, ésta soltó un ensordecedor bramido que hizo que Nat debido a la fuerte vibración se estremeciera, la cabeza salió rodando y se desintegró dejando tras de sí una gran mancha grisácea. Nat, durante unos segundos pudo observar el ángel, justo antes de que desapareciera. Era de una belleza sobrenatural extremadamente alto de cabello negro y largo, unas afiladísimas uñas le sobresalían de sus manos y pies, sus grandes alas negras se desplegaron, su rostro de rasgos perfectos y su mirada misteriosa hizo que por un instante Nat se extraviará hasta el fondo de sus ojos. Tuvo la sensación de que el corazón se le encogía, a la vez que se aceleraban sus latidos mientras se le quebraba el aliento.
Todas las noches se volvían lentas y eternas presididas por un desfile de inquietantes y extraños personajes.
La penumbra envolvía el ambiente. Ernesto Conesa (Re-animator) entraba y salía de un habitáculo a otro. Desde una cierta distancia a Nat le pareció ver una sombra, agudizó la vista, y pudo observar como Re-animator se dirigía con autoridad a un anciano de pelo largo y blanco vestido con unos gruesos y extraños ropajes como salidos de otra época. Pronuncio unas palabras, y el aciano se encaramó sobre el mostrador quedando en cuclillas en una postura imposible, bebiendo de un plato rebosante de leche igual que si se tratará de un perro. Nat permanecía inmóvil, se encogía y deseaba con todas sus fuerzas que no detectasen su presencia. Tenía que esforzarse y evitar que sus pensamientos se disiparan e intentó concentrarse en cómo salir de allí, al menos sabía que contaba con una aliada, Ruth Onieva, a la que por cierto, hacía algunos días que no veía. Entretanto las preguntas se agolpaban en su mente y.. ¿Sí se había olvidado de ella? y si Ruth ¿ya no estaba allí? la angustia y el desconcierto poco a poco se fueron apoderando de Nat.
La sequedad en su garganta hizo que se despertará. Las paredes, de un blanco brillante absorbían la poca luz que se filtraba desde el exterior, un exterior al que ella no tenía acceso.
Tras los habitáculos de cristal se percibía cierto movimiento, estaban vaciando una habitación Nat, pensó – ya se han deshecho de otro “huésped” -. Observó a su alrededor y le pareció oír un débil pitido ¿estaba recuperando la audición? por lo demás, todo seguía igual continuaba prisionera de aquellas máquinas con extraños gráficos y luces intermitentes. Mientras tanto Re-animator le tomaba la temperatura, colocándole algo parecido a una pinza en su dedo índice, mirando fijamente el monitor que tenía a su derecha, de pronto, Nat sintió una fuerte sacudida desde la cabeza hasta los pies, el brutal latigazo la dejó paralizada mientras quedó sumida en la más profunda oscuridad.
Ruth había comenzado su turno y se acercó a Nat, ésta estaba completamente sedada, le tomó la temperatura y comprobó la tensión arterial, parecía estar todo en orden. La enfermera continuó con su ronda pero sus pensamientos se centraron de nuevo en Nat, aquella mujer le caía bien, parecía tan frágil pero tan fuerte a la vez, era tan distinta a los demás, que Ruth se propuso ayudarla.
Nat, recuperaba lentamente la consciencia, tenía todo el cuerpo magullado, y notaba una gran presión en la parte superior del cráneo, las sienes le latían y tenía la extraña sensación de que el colchón la estaba engullendo. Poco a poco fue saliendo de su aturdimiento para encontrarse de nuevo ante otro inverosímil escenario, esta vez varias filas de pequeños féretros presidian la estancia, a su izquierda estaba el anciano al que antes había visto, ahora arrodillado en posición como si estuviera rezando. En aquel preciso instante una fría ráfaga de aire cruzó la habitación contempló horrorizada cómo una sombra se expandía desde el suelo hasta el techo, adoptando una forma que ella conocía muy bien, era la de un ser maléfico alguien que en vida había sido muy perverso y ahora había logrado que su maldad se liberará traspasando otra dimensión. Sintió como una ráfaga gélida acarició su rostro, pensó no puede ser, no, esto no es real. Una voz dentro de su cabeza le respondió:
– Soy tan real como tú …

 

 

Este relato está basado en hechos verídicos. La madrugada del día 5 de Enero de 2012 ingrese en la UCI debido a una meningitis grave, dónde permanecí siete días ingresada. Lo anteriormente descrito ha sido producto de las alucinaciones y de la alta fiebre que la enfermedad me produjo. Lo que he pretendido con este relato es dar un giro a una situación que de haberme ingresado cinco minutos más tarde, ahora su lectura no sería posible.

© Esperanza Mas LLabrés