En cada ocasión que se nos presentaba, buscábamos el refugio de nuestra playa de cabecera, donde un día el destino nos uniera, para revivir juntos aquellos inicios de nuestro amor, de nuestro alocado amor de adolescentes. Y cada año lo recordábamos con la misma pasión como si fuese aquella la primera vez.

Y en realidad habían transcurrido ya unos cuantos veranos desde nuestro encuentro y nuestros primeros gestos de amistad, que fueron en aumento a medida que pasaban los días y se iban haciendo más y más sinceros.

Pero sería un conjunto de cosas, paso a paso y con el transcurrir del tiempo, las que transformaron nuestra amistad del inicio en un amor fuerte y bien sedimentado. Y en ese ínterin hubo miradas, y gestos, y paseos tomados de la mano, y besos robados al atardecer al borde del mar, y deseos de querer compartirlo todo…

Bien pronto percibimos que nos compenetrábamos con extraordinaria facilidad y que nuestras vidas giraban en torno a unos intereses en común que alimentábamos cada día con nuestras respectivas aportaciones. Enriqueciéndonos el uno del otro y, a la postre, el conjunto de nuestras vidas, que pronto comenzaron a caminar en una misma dirección, hasta que un buen día se cruzaron definitivamente para hacerse una y avanzar así hasta el fin de los tiempos.

Pero un día, tras tomar nuestra barca, como era costumbre, regresamos a nuestra playa de cabecera y vimos que no estábamos solos en el lugar, que otra barca de parecidas características había amarrado y atado su cuerda en el mismo viejo poste donde tantas veces habíamos amarrado la nuestra. Y en la arena, una pareja joven iniciaba los prolegómenos del amor.

Definitivamente, percibimos que aquella playa seguía teniendo un particular encanto, aunque un cierto grado de tristeza pareció invadir nuestras mentes, al descubrir que alguien había violado nuestro lugar secreto.

© J. Javier Terán.