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Levantarte con ganas de comerte el mundo, sin saber donde estarías según transcurriera el tiempo de tan solo veintiuna horas.
Pensabas que tanto tiempo era imposible que el final llegaría tan rápido, quien sabría decirte que error cometiste para morir al final del día.
Paseos a solas por las calles de tu silencio, recorriendo oscuridad y claridad donde van pasando delante de ti, tus recuerdos y quizás algún recoveco de tu futuro, risas de niños jugando en la plaza, baños al calor del sol en tu charca, días de tormentas amorosas descubriendo el amor hasta el desamor te era imposible resolver con destreza. En segundos pasas de callejuelas a calles angostas, sucias de lloros tan amargos como la hiel, pérdidas de familiares tan amados y tan pocas veces oyeron te amo, a manos llenas recoges tu repulsa por ser odiado, tener que perdonar para ser humano.
Sales de tu paseo por tu memoria, te vas percatando que el tiempo pasa tan solo una vez por la misma noche estrellada, una sola vez viste al ruiseñor cantar a su enamorada para después volar libremente sin ataduras, quizás tú también eras libre, sin ataduras, tu vida paso sin apenas dejar rastro, sin huellas para nadie.
Atardeceres llenas de sueños entre sonrisas y pesadillas, esas sonrisas de ser ingenuo en tu niñez, pesadillas de alguna hacer el mal y no pedir perdón, te perseguirán por los tiempos. Tiempo de un día o tiempo de una vida, triste, amarga, sin ataduras, sin nadie a quien decirle te amo, me hiciste bien o tan solo que te recuerden con cariño, que morir al final del día sería lo más afortunado que te pasara, porque para seguir entre callejuelas sin luz que te den otra oportunidad de ser distinto, vivir y saborear un rayito de sol como si fuera el último día de tu vida, ahora es tarde , ahora te das cuenta que no viviste, al fin del día te morirás sin decir te quiero.

©Manoli Martin Ruiz