La dulce y apasionada sensualidad de tu cuerpo desprovisto de ropa, me producía un placer cercano, que siempre quería compartir contigo.

Tú posabas para mí en mi estudio. Y ya desde el instante mismo en el que te intuía y adivinaba tus perfiles, mientras tomaba mis lapiceros y colocaba mis láminas sobre el caballete, la inspiración me llegaba a grandes borbotones; me saturaba por momentos y en otros, los menos, me quedaba en blanco, mientras admiraba las formas de tu cuerpo, redondeadas y perfectas de la cabeza a los pies. A un palmo casi de mis manos, que a cada paso trataban de escaparse, porque querían palparte para mejor plasmar luego sobre el papel los contornos y volúmenes de tu grácil cuerpo.

Con el encargo cumplido y la obra terminada, mientras la contemplábamos con una cierta perspectiva, nuestras miradas se cruzaron y vimos cómo nuestros ojos echaban chispas, ardiendo de pasión.

Nos abrazamos sin más en un gesto que los dos intuimos necesario, nos besamos con pasión contenida por momentos, en tanto que en otros dejamos correr libremente nuestras respectivos deseos, viendo que ya no era posible contenerlos por más tiempo.

Y el amanecer nos encontró abrazados y un tanto soñolientos, tendidos sobre un viejo sofá del estudio, teniendo de frente tu retrato, que volví a observar cuán bien representaba la sensualidad de tu cuerpo.

© J. Javier Terán