Tu mirada, profunda e inquietante a un tiempo, te hacía
Única entre las muchachas del barrio donde tú y yo nacimos a la vida.

Pronto, fuiste admirada por el común de la chiquillería, que te
Rodeábamos en los juegos queriendo ser cada cual tu elegido y
Ofrecerte nuestro brazo para pasear contigo frente al grupo y
Fanfarronear ante ellos por la elección; porque eras
Única por tu belleza y por la profundidad de tu mirada, que
Nadie, no obstante, conseguía adivinar en todo su calado,
De puro misterio como la misma obraba sobre quien te miraba, sin
Adivinar que, en el fondo, eras toda bondad y belleza unidas.

Musitaba yo tu nombre, ¡Ana!, día sí y día también al
Ir y luego regresar de las clases del Instituto, esperando un día
Romper de pronto el maleficio a ojos vista de tu mirada,
Adentrándome por entre los vericuetos de tus profundidades, sin
Darme apenas cuenta de que lo que en realidad había pasado es que
Andaba locamente enamorado de ti, ¡Ana!, mi dulce vecinita del primero A.

© J. Javier Terán