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Hoy se me agolpan los recuerdos de mi niñez, cuando iba a la iglesia para ver como vestían a mi Virgen de la Soledad, sentía una emoción sin igual, con que cariño, mimo, la ponían guapa sus doncellas, magistral su aspecto , ataviada con su manto negro, bordado en oro por esas mismas doncellas, ella mi virgencita, con cara de dolor, sola se encontraba entre tanta muchedumbre, a ella su soledad la ahogaba, su pena, su dolor por la pérdida de su hijo, bien sabía que había sido crucificado por envidia de un rey, que miedo le tenía , pues cada día tenía más fieles que le seguían y le adoraban. Uno a uno la mirábamos, algunos la rezaban por sus hijos, otros le pedían salud para los suyos, otros la ofrecían regalos de flores para que ella se adornaba y fuera la más hermosa, yo tan solo la miraba, las lagrimas recorrían mi cara, era pasión lo que sentía por mi Virgencita de la Soledad. Cuanto la hubiera ofrecido para poder quitarla sus penas y convertirlas en alegrías. Los fieles la esperábamos a la salida de su casa la iglesia del pueblo, murmullos se oían, de repente un silencio sepulcral reino entre nosotros, la virgen salía, aplausos, alabanzas hacia ella, lagrimas de dolor o de emoción al ver a nuestra señora, ella que nos amaba a todos por igual, pasión sentía al oír el levantamiento de su altar, pasión el sonar sus trompetas, pasión al caminar junto a ella, a sabiendas que ese día era un poquito mía, iba rezándole, alguna saeta hacia ella y por su dolor, ahí ya todos en silencio, caminábamos al compás de los porteadores hasta llegar donde su hijo, la esperaba quizás para decirla :Madre no sufras por mí, siempre estaré contigo, en tu corazón y tú en el mío. Eso es tener pasión por mi virgencita, la rece en mi niñez, ahora rozando la vejez sigo rezándole y acompañándola en su recorrido hacia su hijo.

©Manoli Martin Ruiz