Los tacones rotos, el carmín corrido,
la melena despeinada, los ojos rojos
la falda desgarrada y rasguños por las nalgas.
La reina esperaba tras la puerta de un estanque
una impenetrable barrera de niebla que le perdía.
Su mirada en un horizonte de tejados desgastados.
A su espalda, el laberinto de horas de un día tras otro.
Enredaderas hiedras a sus pies
zarzas que se clavan en su piel.
El nudo de angustia la invade por chiquisienta vez
al comprobar su impotencia de no poder salir de allí.
La reina suspiró, y al caer leve entre las notas de un piano lejano
las espinas en los ojos, clavadas le rozaban los parpados
sangrantes y dejaban un telón rojo caer sin poder ver
comprobando,  que aún podía oler entre sus pies mojados.
Palpando con sus manos la sangre viscosa
pegadizo liquido cálido, que bajaba por su cuerpo,
haciendo caminos entre su sien y las hojas secas del lugar.

Sigues en mis sueños mujer de cuento,
mujer con figuras de sueños,
y al poco de despertar te echas a volar
entre letras que te hacen sentir real.
Se bien que un día no despertaras.

© Araceli García Martin