En tu ausencia, fueron aquellos tiernos y apasionados besos tuyos del pasado los que me alimentarían cada día tiempo después.

Aquellos besos, sí; tan inocentes al principio, como jóvenes e inexpertos que éramos en esto del amor, pero que luego fueron ganando en calidad y cantidad y transformándose en sinónimos de pasión encendida entre los dos. Hasta el punto de que bien pronto nos acostumbramos a ellos cada día de manera irrenunciable, los necesitábamos para seguir viviendo; y ¡qué mal lo pasábamos!, por contra, cuando no los teníamos el uno del otro y al revés…

Eran nuestro regalo más querido en el saludo diario y también en la despedida. Eran el termómetro exterior que marcaba nuestro estado de ánimo interior; pues dependiendo de la pasión que el otro ponía en ellos, podía adivinar el que los recibía su talante en aquel momento: si algo le estaba molestando, si le afligía algún problema o no, si algo no le iba bien y chirriaban hasta cada uno de los minutos a medida que iban pasando las horas del día…; o si, por el contrario, era feliz en aquel momento, en definitiva.

Pero ya dice el dicho popular que tanta felicidad y tanta dicha no puede durar mucho en el tiempo. Y, en nuestro caso, por circunstancias laborales sobrevenidas e irrenunciables a un tiempo, hubimos de separarnos temporalmente; aunque en nuestro ánimo anidó desde siempre la esperanza de que fuera por el menor tiempo posible.

Y era entonces, cuando la tristeza me envolvía, y en mi corazón seguían anidando tus recuerdos, en esa ausencia tuya junto a mí, cuando aquellos besos tuyos del pasado me reconfortaban y alimentaban el alma, y hacían que, a pesar de la distancia, notase tu presencia un tanto cercana por momentos.

Aquellos besos del ayer que alimentaron, en abundancia en ocasiones, primaveras alegres y veranos cálidos e incluso tórridos; sustentan ahora, bastante en precario, este nuestro particular invierno de amor en la distancia, que se me está haciendo especialmente largo por la ausencia tan sentida de tus besos.

© J. Javier Terán