Marzo 2017

Nos habíamos despedido hacía algunas horas y con una previsión de no poder vernos en algunos meses, por motivos estrictamente laborales. No me esperabas aquella noche y, por eso, tu rostro reflejaba la sorpresa ante el encuentro. La cancelación de última hora de aquel vuelo que me debía trasladar hasta la otra parte del mundo, había sido el motivo de mi regreso momentáneo.

Y fue tan grata la sorpresa, que saltaste a mis brazos emocionada. Nos comimos materialmente a besos durante unos instantes, y lo siguiente fue dirigirnos al dormitorio.

Sobre el tálamo nupcial comenzó un ritual que ya nos conocíamos bien ambos, pero que en esta ocasión fue mucho más intenso y duró mucho más tiempo, a pesar de la urgencia de amarnos que los dos teníamos.

Con mi boca recorrí todo tu cuerpo, incluida tu espalda cálida y sedosa al tacto, tu cuello grácil y flexible, y tus orejas suaves y tiernas, a la par que te susurraba las notas de una apacible melodía que a los dos nos gustaba; mientras tú temblabas de emoción. Y fue mi boca también la que te despojó de la última prenda íntima que quedaba sobre tu cuerpo.

Así, los dos ya desnudos por completo bajo las sábanas, iniciamos el juego de amor de tantas noches, pero en esta ocasión mucho más intenso y multiplicado en su efecto como consecuencia de la sorpresa. Nuestros cuerpos se estremecían de placer por momentos, fundiéndose y acoplándose a la perfección, en pos de un viaje de lujo del que ninguno de los dos queríamos regresar.

Y así, abrazados y ahítos de placer, nos pilló el sueño muy avanzada la noche y a punto casi de la madrugada…

© J. Javier Terán