Al amparo en la ermita de los sentidos
perdida estaba la racional mente,
admirando en lejanía
el sumo objeto del deseo,
complaciéndose secretamente
en el santuario del alma suya
por aquellas sensuales fantasías.

La delicada mano del hombre
se era empleada al inevitable fin,
guiada del mítico Eros,
lúcidos sueños tomaban forma
en aquella representación viril
de la masculinidad primordial.

Sobrepasando la vivida realidad,
la inmadura imaginación carnal
recitaba otro largometraje
hecho de profundas ilusiones para él,
caído sin la mascara divina
del azul celestial.

Rindiéndose al éxtasis que probaba,
en la excitación del sofocado cuerpo
el corazón se era liberado de la razón,
felizmente triste latía
por la esclavitud al amor
de tiempo soñada.

© Greg D.