Un año mas:
entrando despacio a este lugar.
La tarde en distancia se acorta.
Ojos de águilas Imperiales
con gesto de sueño baten sus alas
sobre nichos yertos.Y de nuevo
abriendo la boca para cantar nanas.
.
Mientras, riega el lugar… ¡La llorona!
limpiando letras al tiempo
difuminadas por el sol.
en un mármol carcomido.

Mira su nombre en el olvido
junto al eterno abrazo de la Virgen Madre.
Se le revuelve en el recuerdo su nombre
Juan Diego ¡su hijo!
sacudiendo remembranzas
en el dolor de otra madre
ya sin esperanza.

Atrás quedó tragando lagrimas en la tierra roja.
Recordar así todas las ilusiones que quedaron embarradas.
Ahora tras dejar las flores blancas nardos y azucenas
a tan solo pocos metros se encuentra este recinto.

El Jardín de Los Alíxares.
Allí está,í allí se encuentra, el banco quieto inmóvil
igual que años atrás.

¡El banco! con su corazón de madera,
que siempre le espera ¡Todo un ritual!
con la sierra de plata al frente..
.Viento , suave, latente. tardes casi de primavera
brotando semillas rozan su frente.
Las golondrinas revolotean su estanque.
de agua clara .. pero por un momento
Rompen de sus entrañas en el espacio-tiempo
¡Las telarañas!
Por segundos, lacrimales acortan distancia
entre banco y acequia. . ¡Ay! llorosos ojos,
lloroso tambor de corazón.
¡Dulces de leche de madre llorona!
Pide abrazar una vez más
su cuerpo hermoso sin poner corona..

Entre un rayo de sol furtivo
del atardecer. Se han unido.
Es un rayo serio y cálido,
que se hace el sordo e invisible

No ve como las pequeñas nubes algodonosas,
se acercan suaves a las almas de hijo y madre.
La brisa, atrapa el momento con su capa de media luna.
Luna, que se asoma despacio poco a poco tocando la lira
dejando notas entre pinos olivos, chopos,, y laureles.

Por segundos:. Sólo por segundos sus almas se alcanzan
se besan, se sienten, se acarician.
Se acarician, se besan, se abrazan
Ella le mira,, le susurra le tranquiliza.
Le acuna le duerme con lagrimas de alegría
otra vez otro día ,otro año, le vuelven a saber

… ¡A colonia de bebé.!

© Araceli García Martín