De repente, tu imagen de mujer bella y profundamente sensual se me mostró en toda tu intensidad en el sueño, límpida y casi desnuda del todo, esbelta en todo tu ser y como bruñida a cincel. A la par que grácil en toda tu escultural belleza, que tantas veces admiré cuando, en el anochecer, te mostrabas junto a mí y yo me quedaba prendado de ti.

Solamente una sutil y vaporosa gasa, que ondeaba libre al aire de la noche, cubría al azar algunas pequeñas partes de tu cuerpo –justo aquellas más comúnmente sensuales- , haciendo más enriquecedora y placentera aún tu presencia frente a mí y, por ende, provocando que mi mirada se quedase fija en ti.

Mientras al fondo, nuestra luna de tantas noches nos observaba serena y tranquila, proporcionándonos la luminosidad suficiente para que, nuestros cuerpos, tras no dejar de contemplarnos ni un solo instante con nuestros ojos enamorados por entero, estallasen de pasión y se fundieran en un abrazo de placer inconmensurable hasta el amanecer; cuando el sueño se desvanecerá sin remisión y quedará el recuerdo grato en nuestras mentes.

© J. Javier Terán