luna llena

 

La noche está fría en el exterior, pero iluminada por una gran luna, tan brillante como triste, o quizás enamorada…

Desde aquí, no acierto a vislumbrar sus sentimientos con meridiana claridad. Tal vez ande buscando algunas respuestas intrascendentes a mis propias emociones. Desde aquí, desde mi ventana, dibujo quizás letras, o acaso corazones con el llanto que se escurre por entre los cristales

Intento disimular en lo posible mis lágrimas, para no empapar estos momentos donde la incomprensión del amado viste mi cuerpo y sobre todo mi espíritu.

Y vuelvo a mirarte, ¡luna!, queriendo llenarme de tu fuerza, de tu instinto de supervivencia a través del tiempo.  Aunque sé que eres moneda de cambio ante los ojos de los enamorados, que eres puñal y también llaga; pero sobre todo soledad, inmensa soledad en noches interminables contemplándote a través del cristal empañado por momentos…

Porque sé que te adornan las estrellas a tu alrededor; aunque no pueden tocarte, ni derretir sus destellos en tu corazón, hoy gélido y hasta enamorado.

Pero sé que amas y sonríes; porque yo capté un día tu sonrisa..; un día que mi enamorado me correspondió con una tierna mirada.

Y que, cuando la noche te cubre de ilusiones –tuyas o de otros-, me transmites tus emociones y divagan en mí tus latidos; como queriendo ser tú y perderme en ese abismo insondable de oscuridad, allá arriba.  Y, así, dormir el día entero recostada sobre el pensamiento de mi amado.

O de algún loco que, sin embargo, calla lo que quisiera gritar al mundo, porque le ignora aunque le vaya señalando por la calle. Y que en lo más profundo de su mente se ríe del mundo: llamadme loco, porque me mantengo puro de vosotros, los que por la calle me llamáis loco.

Y, entretanto, la noche sigue fría en el exterior.  Yo bostezo, sin dejar de mirarte, ¡luna!. Hace frío y quisiera que alguien me arropara, me acompañase estas horas, este instante de sublimación contemplándote, ¡luna!.

Entre aburrida y defraudada, y sobre todo vestida de una tristeza que estruja un mucho mi alma, como si la tuviera a merced de la oscuridad, van pasando las horas de esta noche.

O quién sabe si a merced de la tierra húmeda, que será la última morada o el principio de mi existencia, dejando una minúscula huella en el olvido.

No será imperceptible esta huella, te lo aseguro; sino excelsa; porque tu amado, ese al que en la calle llaman loco porque cada día acudo al encuentro con la luna, esta noche te visitaré por fin y te arroparé; y juntos, tomados de la mano, contemplaremos a través del cristal todo el esplendor de la luna; que esta noche, para nuestro gozo, se muestra especialmente resplandeciente… Y, puestos a merced del tiempo, uniremos nuestro destino para siempre.

© Mª Luisa Blanco y J. Javier Terán