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Llovía tanto aquella tarde sobre la ciudad que nos veía pasear cogidos de la mano, que el primer portal que encontramos a nuestro paso nos sirvió de improvisado cobijo hasta que pasara la mayor parte del aguacero que, en realidad, era una fuerte tormenta de agua, rayos y truenos que se iban sucediendo sin solución práctica de continuidad y que, a juzgar por la fuerza y consistencia de tales elementos, tenía toda la pinta de querer prolongarse en el tiempo.

Por eso, la opción de ponernos a cubierto y guarecernos de la insistente lluvia, resultaba la mejor de las elecciones posibles, máxime que no disponíamos ni de un simple paraguas, ni había en los alrededores una tienda donde poder adquirirlo. Y la expectativa de que la lluvia nos calase hasta los mismos huesos tampoco es que nos sedujera lo más mínimo.

Así es que aquel portal a pie de calle fue providencial. Y no nos importó, ni a ella ni a mí, que en su conjunto estuviese un tanto descuidado y hasta incluso con sus paredes deslucidas y un mucho cochambrosas; porque la utilidad y el avío nos los hacía igualmente.

Y no sé si fue por la acción de la lluvia, que había refrescado un tanto el ambiente y urgía el calor de unos cuerpos abrazados; o el sentirnos muy juntos y a solas en aquel reducido espacio; o fue que la tarde se tornó romántica de pronto, acelerando la conversación y haciendo que las ideas fluyesen más rápidas y con mayor precisión; o fue que había llegado el momento…, que nuestras mentes conjuntaron sus pensamientos y fueron una sola.

Y allí, en la austera intimidad de unos pocos metros, con las gotas de agua resbalando veloces del otro lado del cristal y dibujando graciosas figuras de irreconocibles formas, nos confesamos nuestro amor con un prolongado beso; mientras en el exterior, el festejo por aquel estrenado compromiso, lo anunciaba a los cuatro vientos la retahíla continuada de rayos y truenos que no dejaban de iluminar el cielo y romper el silencio de la tarde de forma reiterada.

Por momentos, quisimos que la lluvia no cesase por algún tiempo…

  1. J. Javier Terán

(Foto tomada de la Red)